La escritura bastarda

 

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La escritura siempre fue para Violette Leduc (Arras, 1907 – Faucon, 1972) una manera de no caer al vacío, de saberse a salvo de las grietas de la vida. Desde que vino al mundo en Arras como la hija ilegítima de Bertha Leduc y André Debaralle, nunca escaparía a su condición de bastarda. En L’asphyxie (1946), su primera novela —que contó con el apoyo de Albert Camus en la editorial Gallimard—, describió una dolorosa infancia: “Mi madre no me ha dado nunca la mano… Me ayudaba a subir, a bajar las aceras pellizcando mi vestido a la altura del hombro, allí donde las costuras de la manga es fácil de asir”.

En La bastarda (Edhasa, 1984), un libro de memorias con el que ganó el Goncourt en 1964, escribió que el pasado no la alimentaba, que se iría de este mundo tal y como llegó: intacta, cargada con todos los defectos que la habían torturado. Una babosa enterrada en el estiércol, así se veía Leduc, sin virtudes ni cultura ni coraje para hacerle frente a su demoledora existencia: “Los bastardos están malditos, un amigo me lo ha dicho. Los bastardos están malditos. (…) ¿Por qué los bastardos no se ayudan entre sí? ¿Por qué se rehúyen? ¿Por qué se detestan? ¿Por qué no crean una cofradía? Debieran perdonárselo todo, puesto que tienen en común lo más preciado, lo más frágil, lo más fuerte, lo más sombrío que poseen: una infancia torcida como un viejo manzano”.

La escritura la salvó, una escritura voraz y electrizante donde se desnudó entera. Fueron Maurice Sachs y  Simone de Beauvoir quienes la animaron desde el principio; supieron ver en ella la febril llama del talento literario. Beauvoir escribió el prólogo de La bastarda dándole así toda la confianza que necesitaba para entregarse al público francés valientemente y el libro se convirtió en un best-seller. En Francia, Violette Leduc ha sido comparada con autoras como Marguerite Duras y Nathalie Sarraute, pero también fue censurada y abandonada en los márgenes de la historia de la literatura francesa.

Cuando en 1955 se publicó Ravages, su tercer libro, fue sometido a la censura más cruel y la versión íntegra no se publicó hasta el año 2000. Thérèse e Isabelle, libro que Mármara acaba de editar en España con una impecable traducción de Delfín G. Marcos, era el relato que abría Ravages y que fue arrancado de raíz como esa mala hierba que crece salvajemente en los campos. Thérèse e Isabelle es el relato de dos chicas adolescentes que descubren el sexo entre las paredes de su internado. Al comienzo, este argumento puede recordar a Los hermosos años de castigo (Tusquets, 2009) de Fleur Jaeggy, pero, a medida que se avanza en la lectura, se va descubriendo que la de Leduc es una historia feroz y con una prosa descarnada, lejos de las frases breves y sutiles de Jaeggy. Thérèse, la narradora, se deja llevar por el deseo y rompe los muros de la carne: “La succioné, la hice retroceder, me puse a cuatro patas, encarnada, desnuda. Entró hasta el esófago. Isabelle parecía más ligera, seguía de cerca el clímax, aprovechaba la inercia. El dedo salía de una nube para adentrarse en otra. Mi ardor se apoderó de Isabelle, un sol enloquecido girando alrededor de mi carne”. En 1968 Thérèse e  Isabelle sería adaptada al cine por Radley Metzger.

“Hay que cortarle la lengua”, esas fueron las palabras exactas que los editores de Gallimard  le dijeron a Simone de Beauvoir a propósito de Thérèse and Isabelle y Leduc casi sufre un colapso: había tardado tres años en escribirla. Thérèse and Isabelle no guarda ningún secreto, es una extraordinaria novela sobre la intimidad de dos cuerpos que comienzan a conocerse y la agotadora invención del amor: “Seguíamos estrechándonos, nos queríamos engullir. Nos habíamos liberado de  nuestra familia, del mundo, del tiempo, de las certezas. La estreché contra mi pecho, contra mi corazón abierto en canal: quería que Isabelle entrase”.

Leduc escribió porque no sabía hacer otra cosa. Escribió de manera honesta y obsesiva sobre lo que más conocía: ella misma. Y destapó algunos tabúes en torno al cuerpo y la sexualidad de las mujeres: el aborto, la bisexualidad, la fealdad, el incesto. Aurora Venturini escribió una vez que la relación de Leduc con el universo circundante fue neblinosa y tétrica, y que eso hizo que brotara su prodigioso genio*.

 

 

 

 

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Thérèse e Isabelle de Violette Leduc

Editorial Mármara, 2015

*Este artículo fue publicado originalmente en el semanario AHORA el 26 de febrero de 2016.

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