Las sombras del poeta laureado

 

 

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Una de las últimas anotaciones que pueden leerse en los diarios de la poeta Sylvia Plath corresponde al 16 de mayo de 1962 y dice: “Vimos unos mirlos recién salidos del cascarón, de un luminoso verde, latiendo como corazones”.  Aquel día de primavera Plath no llegaba a intuir todavía que quedaban apenas unos meses para que Ted Hughes, su marido, la abandonara por Assia Wevill, y poco menos de un año para su muerte. Unos mirlos blancos recién nacidos debieron de parecerle a Ted la más bella imagen para concluir los diarios de su difunta, diarios que nunca llegarán a conocerse del todo porque Ted Hughes, editor y albacea de su obra, decidió destruir las páginas de los últimos meses para que sus hijos no tuvieran que leerlo. Por aquel entonces, Ted consideraba el olvido como parte esencial de la supervivencia.

Ted Hughes: The Unauthorised Life (Harper, 2015), de Jonathan Bate, es una minuciosa y reveladora biografía que se centra en los detalles más salvajes de la vida del poeta inglés, sobre todo, en su pasión desaforada por las mujeres. Los lectores y curiosos de la vida de Sylvia y Ted descubrirán con asombro los últimos días del matrimonio. La escritora Janet Malcolm afirma en “A Very Sadistic Man”, un reciente texto muy crítico con el libro, que cuando Bate llegó a Faber and Faber –agente de los derechos de la obra de Ted Hughes– proponiendo escribir una biografía autorizada del poeta,  le dijeron que Hughes había dejado instrucciones para que nadie escribiera una biografía. Pero en 2009, animado por la venta que Carol Hughes, viuda del poeta, había hecho de documentos que su marido tuvo guardados durante décadas a la Biblioteca Británica, Bate volvió a  Faber and Faber y propuso escribir una obra de crítica literaria en la que la vida apenas se intuiría.

El arte de la biografía es tremendamente complejo y Bate no lo tuvo fácil. Cuando la viuda de Hughes vio lo que el biógrafo se proponía hacer –contarlo todo, descubrir los pormenores de su vida sexual–, le retiró el apoyo y le prohibió casi totalmente el uso de citas limitando así el análisis literario. Fue Malcolm quien escribió que los biógrafos tienen un gran problema: no saber resistirse a la oportunidad de salir del frío vacío de la oscuridad y entrar en el salón de la posteridad mediante pretensiones exageradas de intimidad con los invitados. No se equivocaba, Bate se había propuesto destapar uno de los episodios más trágicos de la historia de la literatura: los días previos al suicidio de Sylvia Plath y así entrar en la posteridad.

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En un artículo publicado en The Guardian, el biógrafo de Hughes confiesa que “llega un momento en que ya has investigado los archivos, vaciado los catálogos de las bibliotecas y hablado con todos los testigos supervivientes que están dispuestos a compartir sus historias. Cada nuevo detalle es simplemente algo que refuerza el arco de la narrativa que ya has dibujado. Este es el momento de dejarlo ir, de pulsar el botón de enviar y esperar las notas del editor. Pero siempre habrá finales que se pierdan, respuestas sin responder y cosas que tendrás que dejar atrás porque no hay suficientes evidencias que lo corroboran”. Hay una de esas pequeñas piezas del rompecabezas de Ted Hughes que Bate ha intentado encajar. Cuenta que después de seis años y medio de matrimonio, de creatividad compartida, de poesía y del nacimiento de sus dos hijos, Ted abandonó a Sylvia por Assia Wevill y desde entonces Plath se quedó sola con un bebé y una niña en el gélido invierno de 1962, uno de los más fríos que se recuerdan. Sylvia se suicidó la madrugada del 11 de febrero de 1963 asegurándose de que sus hijos estuvieran a salvo. Lo que Bate ha descubierto leyendo los diarios de Hughes –ahora disponibles en la Biblioteca Británica– es que esa historia está lejos de ser la verdad completa.

Ted tenía cierta envidia de la libertad sexual que tenían sus colegas de la universidad. Quizá esa fuera la razón de que quisiera llevar a Sylvia y a sus hijos a vivir a Devon en una casita en el campo. Según Bate, aquel fue el principio del fin: Sylvia lejos de la ciudad, de los cócteles y las fiestas de Faber, de la BBC, de los teatros, los cines y las galerías de arte, enterrándola en el campo, llevándola a “una vicaría pudriéndose como un ataúd / naufragando bajo las malas hierbas”, tal y como escribió Hughes en su poema “Error”. Ese fue el error, precisamente, querer alejarla de todo, de su vida. Sylvia también supo darse cuenta de lo que pretendía y así se lo manifestó por carta a su amiga Marty Brown: “él vive solo para sí mismo, sin cuidar de nadie, en un piso en el Soho, viajando a España en vacaciones y siendo universalmente adorado. No te haces una idea de lo famoso que se ha vuelto por aquí”. Ted decidió, de repente, que no quería hijos ni familia ni responsabilidades. Algo más tarde sería Aurelia Plath, su madre, la destinataria de sus desesperadas misivas: “Echo de menos la inteligencia, odio esta vida de vaca, me muero por verme rodeada de gente buena e inteligente. Voy a tener un salón en Londres”.

Por entonces, la poesía de Plath era cada vez mejor. En otra carta que escribió a su madre le confesaba que “soy una escritora de genio; se me ha concedido un don. Estoy escribiendo los mejores poemas de mi vida, los que me harán famosa…”. Parecía cada vez más feliz, “vivir lejos de Ted es maravilloso. Ya no estoy bajo su sombra, y es como el cielo estar conmigo misma sabiendo lo que quiero”. Todo iba a mejor. Acababa de encontrar un piso vacío en Fitzroy Road, la casa en la que pasó su infancia W. B. Yeats, uno de sus poetas más admirados. Se mudaría en diciembre y comenzaría a escribir los mejores poemas de su vida, los poemas de Ariel.

Según cuenta Bate, lo más sorprendente de su investigación es que Ted y Sylvia estuvieron viéndose regularmente hasta el final. La pareja habló acerca de la posibilidad de darle a su matrimonio una segunda oportunidad, pero Sylvia no sabía si quería volver con él o separarse para siempre. Y mientras tanto, Ted se veía con Assia Wevill y con Susan Alliston, una secretaría de Faber que acababa de conocer. El viernes anterior al suicidio de Sylvia, a las tres y media de la tarde Ted recibió una carta de ella. Sylvia pensó que la carta le llegaría a la mañana siguiente, pero por una vez el correo postal fue tan eficiente como para llegar el mismo día. La carta, según el diario de Ted, tenía apenas dos líneas que decían algo así como “va a dejar el país y tiene la intención de no volver a verme más. Muy ambigua”. Ted fue directamente a Fitzroy Road y encontró a Sylvia sola. Él se puso a llorar: “¿Qué quería decir? ¿Dónde demonios pensaba ir?” Ella estuvo muy fría y hostil y le pidió que se fuera.

Aquel sábado Ted lo pasó con Sue Alliston en su piso de Cleveland Street y Sylvia lo llamó. A la mañana siguiente, Sylvia volvió a llamar y Ted decidió llevar a Sue al piso de un amigo en Rugby Street donde él había hecho el amor por primera vez con Sylvia siete años antes para que su mujer no pudiera encontrarle. Allí pasaron el resto del fin de semana. Cuenta Bate que en un memorable pero hasta ahora desconocido poema titulado “Tres funerales” Ted escribió cómo estaba hechizado por la memoria de Sylvia caminando por la nieve hacia una cabina telefónica en la última noche de su vida para pedirle que la salvara. Sylvia había estado llamando todo el fin de semana pero no pudo volver a hablar con Ted que dormía en la cama profundamente junto a su amante. A la mañana siguiente, la mejor amiga de Sue la llamó para decirle que Sylvia se había suicidado. El médico que la examinó y llamó a Ted para informarle de la muerte de su mujer le dijo que, probablemente, Sylvia se había suicidado a las cuatro de la madrugada.

Examinar la vida de Hughes con honestidad, confiesa Bates, requiere que el biógrafo explore lo más propio de la conciencia, que exponga aquellos “sentimientos verdaderos” y así rellenar los huecos dejados por la falta de archivos.  Ningún  biógrafo podrá llegar a contar toda la verdad, porque  “la verdad nunca puede ser más que provisional, distorsionada por la interpretación humana”.

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